domingo, 25 de julio de 2010

UN NARRADOR EN LA INTIMIDAD


UN NARRADOR EN LA INTIMIDAD
Por: Roberto Bolaño


Mi cocina literaria es, a menudo, una pieza vacía en donde ni siquiera hay ventanas. A mí me gustaría, por supuesto, que hubiera algo, una lámpara, algunos libros, un ligero aroma de valentía, pero la verdad es que no hay nada.

A veces, sin embargo, cuando soy víctima de irrefrenables ataques de optimismo (que finalizan, por otra parte, en alergias espantosas) mi cocina literaria se transforma en un castillo medieval (con cocina) o en un departamento en Nueva York (con cocina y vistas de privilegio) o en una ruca en los faldeos cordilleranos (sin cocina, pero con una fogata). Metido en estos trances generalmente hago lo que hace toda la gente: pierdo el equilibrio y pienso que soy inmortal. No quiero decir inmortal literariamente hablando, pues esto sólo lo puede pensar un imbécil y a tanto no llego, sino literalmente inmortal, como los perros y los niños y los buenos ciudadanos que aún no se han enfermado. Por suerte, o por desgracia, todo ataque de optimismo tiene un principio y un final. Si no tuviera final, el ataque de optimismo se convertiría en vocación política. O en mensaje religioso. Y de ahí a sepultar libros (prefiero no decir "quemarlos" porque sería exagerar) hay un solo paso. Lo cierto es que, al menos en mi caso, los ataques de optimismo se acaban, y con ellos se acaba la cocina literaria, se desvanece en el aire la cocina literaria, y sólo quedo yo, convaleciente, y un ligerísimo aroma de ollas sucias, platos mal rebañados, salsas podridas.


La cocina literaria, me digo a veces, es una cuestión de gusto, es decir es un campo en donde la memoria y la ética (o la moral, si se me permite usar esta palabra) juegan un juego cuyas reglas desconozco. El talento y la excelencia contemplan, absortas, el juego, pero no participan. La audacia y el valor sí participan, pero sólo en momentos puntuales, lo que equivale a decir que no participan en exceso. El sufrimiento participa, el dolor participa, la muerte participa, pero con la condición de que jueguen riéndose. Digamos, como un detalle inexcusable de cortesía.


Mucho más importante que la cocina literaria es la biblioteca literaria (valga la redundancia). Una biblioteca es mucho más cómoda que una cocina. Una biblioteca se asemeja a una iglesia mientras que una cocina cada día se asemeja más a una morgue. Leer, lo dijo Gil de Biedma, es más natural que escribir. Yo añadiría, pese a la redundancia, que también es mucho más sano, digan lo que digan los oftalmólogos. De hecho, la literatura es una larga lucha de redundancia en redundancia, hasta la redundancia final.


Si tuviera que escoger una cocina literaria para instalarme allí durante una semana, escogería la de una escritora, con la salvedad de que esa escritora no fuera chilena. Viviría muy a gusto en la cocina de Silvina Ocampo, en la de Alejandra Pizarnik, en la de la novelista y poeta mexicana Carmen Boullosa, en la de Simone de Beauvoir. Entre otras razones, porque son cocinas que están más limpias.


Algunas noches sueño con mi cocina literaria. Es enorme, como tres estadios de fútbol, con techos abovedados y mesas interminables en donde se amontonan todos los seres vivos de la tierra, los extinguidos y los que dentro de no mucho se extinguirán, iluminada de forma heterodoxa, en algunas zonas con reflectores antiaéreos y en otras con teas, y por supuesto no faltan zonas oscuras en donde solamente se vislumbran sombras anhelantes o amenazantes, y grandes pantallas en las cuales se observan, con el rabillo del ojo, películas mudas o exposiciones de fotos, y en el sueño, o en la pesadilla, yo me paseo por mi cocina literaria y a veces enciendo un fogón y me preparo un huevo frito, incluso a veces una tostada. Y después me despierto con una enorme sensación de cansancio.


No sé lo que se debe hacer en una cocina literaria, pero sí sé lo que no se debe hacer. No se debe plagiar. El plagiario merece que lo cuelguen en la plaza pública. Esto lo dijo Swift, y Swift, como todos sabemos, tenía más razón que un santo.


Así que este punto queda claro: no se debe plagiar, a menos que desees que te cuelguen de la plaza pública. Aunque a los plagiarios, hoy en día, no los cuelgan. Por el contrario, reciben becas, premios, cargos públicos, y, en el mejor de los casos, se convierten en best-sellers y líderes de opinión. Qué término más extraño y feo: líder de opinión. Supongo que significará lo mismo que pastor de rebaño, o guía espiritual de los esclavos, o poeta nacional, o padre de la patria, o madre de la patria, o tío político de la patria.


En mi cocina literaria ideal vive un guerrero, al que algunas voces (voces sin cuerpo ni sombra) llaman escritor. Este guerrero está siempre luchando. Sabe que al final, haga lo que haga, será derrotado. Sin embargo recorre la cocina literaria, que es de cemento, y se enfrenta a su oponente sin dar ni pedir cuartel.

Clarín, 25.03.2001






Acerca de Roberto Bolaño

(Santiago, 1953 - Barcelona, 2003) Escritor chileno afincado en España desde finales de la década de 1970. Autor de extraordinario talento, forzó los límites de la literatura en una serie de novelas con las que se consagró como una de las voces más importantes y personales de la narrativa latinoamericana. En sólo una década, en una suerte de carrera contra la adversidad, Bolaño dejó atrás la marginalidad y “se convirtió en un cuentista y novelista central, quizás el más destacado de su generación, sin duda el más original y el más infrecuente”, en palabras del también escritor chileno Jorge Edwards.

Roberto Bolaño Ávalos nació en Santiago el 28 de abril de 1953, hijo de León Bolaño, transportista, y de Victoria Ávalos, profesora. Pasó su infancia en Viña del Mar, donde cursó sus primeros estudios, en Quilpué y en Cauquenes. En Quilpué realizó a los diez años su primer trabajo como boletero en una línea de autobuses que cubría el trayecto Quilpué-Valparaíso.

En 1968 la familia se trasladó a Ciudad de México, donde Roberto pasó su adolescencia concentrado en la lectura, encerrado durante horas en la biblioteca pública. Pronto decidió que quería ser escritor y empezó a trabajar como articulista en diferentes medios. Al cumplir los veinte años quiso regresar a Chile. Corrían los días previos al golpe de estado y Bolaño se incorporó a la resistencia, pero fue arrestado. Tras ocho días en la cárcel (fue liberado gracias a la intercesión de dos detectives que resultaron ser ex compañeros de colegio), decidió volver a México y dedicarse de lleno a la literatura.

En México fundó, junto con un grupo de poetas mexicanos, un movimiento de vanguardia denominado infrarrealismo, y en 1975 vio finalmente publicados sus primeros trabajos, reunidos en la antología poética Poetas infrarrealistas mexicanos. Sin embargo, “hastiado de lo literario”, abandonó México y partió primero para El Salvador, donde conoció al poeta Roque Dalton, y posteriormente a Europa. Tras viajar por varios países europeos y por el continente africano, finalmente decidió establecerse en España.

No fue una época fácil; estaba solo, sin papeles, tenía dificultades económicas… Trabajó en múltiples oficios (fue lavaplatos, camarero, vigilante nocturno, basurero, descargador de barcos, vendimiador...) hasta que pudo mantenerse mediante su participación en certámenes literarios. Todas estas experiencias las convertiría, más adelante, en materia de su ficción.

En 1984 publicó, en colaboración con Antoni García Porta, su primera novela, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, con la que obtuvo el premio Ámbito Literario. Ese mismo año lanzó La senda de los elefantes, que fue galardonada con el premio Félix Urabayen.

Dos años después fijó su residencia en la población costera de Blanes (Girona), donde, sin abandonar su interés por la poesía, se centró cada vez más en la narrativa. Trabajaba en un pequeño estudio apenas a cincuenta metros de su casa, siguiendo algunos rituales imprescindibles: música de rock de la década de 1970, una infusión de manzanilla con miel y tabaco, muchísimos cigarrillos. Escribía tres folios al día; si las cosas iban bien, hasta diez. Cuidaba mucho de la estructura de sus libros y reescribía mucho.

En 1993 los médicos le diagnosticaron una grave enfermedad hepática. A partir de entonces Bolaño se obsesionó con dejar un legado literario de importancia y se dedicó aún con mayor ahínco a la escritura y multiplicó sus publicaciones. Ese mismo año vieron la luz Los perros románticos, un recopilatorio de la obra poética creada entre 1977 y 1990, y la novela La pista de hielo. En 1996 presentó La literatura nazi en América y Estrella distante, y en 1997 la compilación de cuentos Llamadas telefónicas, que le valió el premio Municipal de Santiago de Chile, el más importante en su país.

Producción desenfrenada

El año 1998 fue sin duda un año clave en la vida de Roberto Bolaño, que poco antes había empezado a publicar en Anagrama. Aquel año su novela Los detectives salvajes recibió dos importantes distinciones: el premio Herralde de novela y el premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos “por la calidad de la obra y su novedosa apuesta narrativa”. La novela, en la que destaca “el humor derrochado, poco frecuente en la literatura escrita en español”, narra las aventuras de dos hombres embarcados en la búsqueda de una escritora mexicana desaparecida durante la revolución. Los esfuerzos por encontrarla se prolongarán desde 1976 hasta 1996.

Poco después de este reconocimiento público, y tras veinticinco años de ausencia, Bolaño visitó Chile. A raíz de esta visita surgió una nueva novela, un cuadro alegórico del Chile pinochetista, cargado de fantasmas, torturadores y toques de queda, titulada Nocturno de Chile (2000) y calificada por el editor Jorge Herralde de “pequeña obra de arte escalofriante”.

El mismo año de la aparición de Nocturno de Chile, Bolaño entró en lista de espera para un trasplante de hígado. Su estado de salud empeoraba, y decidió consagrar “lo que me quede de vida” a la que debía ser su obra cumbre, 2666. “Consciente de la sombra que la muerte había proyectado sobre él” (Enrique Vila-Matas), siguió escribiendo hasta su fallecimiento, el 14 de julio de 2003, víctima de una insuficiencia hepática. Pocos días antes había asistido en Sevilla al I Encuentro de Autores Latinoamericanos, su última aparición pública, y había entregado a su editor el manuscrito del libro de cuentos El gaucho insufrible.

En 2004 Anagrama publicó 2666, la novela póstuma de Bolaño, una pentalogía de más de mil páginas, centrada en la figura de un enigmático escritor alemán llamado Von Archimboldi, en la que el autor muestra su gran variedad de registros literarios. Según el crítico Ignacio Echevarría, se trata de la “obra maestra” del autor, una “novela total, sin ningún matiz intimidante o plúmbeo, que toca los grandes temas, como la muerte, el mal o la trascendencia […] una obra polifónica, donde los registros cambian mucho, desde lo policiaco hasta lo épico”.

2666 mereció el premio Salambó, que otorgan los propios escritores a la mejor novela escrita en castellano, “por abrumadora mayoría” (Rosa Montero, miembro del jurado). El jurado la definió como “el resumen de una obra de mucho peso, donde se decanta lo mejor de la narrativa de Roberto Bolaño”, una novela que “contiene mucha literatura, que supone un gran riesgo y lleva al extremo el lenguaje literario de su autor”. 2666 fue galardonada además con el premio a la novela “con mejor acogida entre la prensa especializada” concedido por la Fundación José Manuel Lara Hernández.

También en 2004 se publicó Entre paréntesis, un recopilatorio de artículos, conferencias y otros textos publicados en varios medios de comunicación y producto de la actividad periodística y pública de Bolaño entre 1998 y 2003. Otras obras del autor son Amuleto (1999), Monsieur Pain (1999), Putas asesinas (2001), un libro de relatos protagonizados por personajes extremos, Una novelita lumpen (2002) y Amberes, publicada en 2002 pero escrita veintidós años antes, cuando Bolaño, recién llegado a Barcelona, trabajaba por las noches en un camping de Castelldefels.



BASHOO EL ETERNO CAMINANTE




BASHOO EL ETERNO CAMINANTE

Por: Rolando Franco

Te marchas tú;

Verdes son los sauces,

Largo el camino.

Buson

Este artículo responde a la lectura del libro Sendas de Oku, del poeta Japonés Matsuo Bashoo, lectura que parte de la traducción de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya; el libro reconocido por su estilo, escrito a manera de diario se convierte en una muestra clara del camino que recorre el poeta para entablar una relación intima con la naturaleza y consigo mismo, a partir de la experiencia construye su escritura, representa y re-crea el mundo desde el poema Haiku.

En este recorrido, que se presenta como el construir de una vida paso a paso, es el reflejo del poeta, Bashoo dejó huella en el corazón de la historia, por medio de su poesía y sus enseñanzas. Ahora el poeta empaca de nuevo, vislumbra un destino, un lugar que lo espere paciente, el poeta empaca sus ganas y se prepara:

Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros. Para aquellos que dejan flotar sus vidas a bordo de los barcos o envejecen conduciendo caballos, todos los días son viaje y su casa misma es viaje. Entre los antiguos, muchos murieron en plena ruta. A mí mismo, desde hace mucho, como girón de nube arrastrado por el viento, me turbaban pensamientos de vagabundeo. Después de haber recorrido la costa durante el otoño pasado, volví a mi choza a orillas del río y barrí sus telarañas. Allí me sorprendió el término del año; entonces me nacieron las ganas de cruzar el paso Shirakawa y llegar a Oku cuando la niebla cubre cielo y campos. Todo lo que veía me invitaba al viaje; tan poseído estaba por los dioses que no podía dominar mis pensamientos; los espíritus del camino me hacían señas y no podía fijar mi mente ni ocuparme en nada. Remendé mis pantalones rotos, cambié las cintas a mi sombrero de paja y unté moka quemada en mis piernas, para fortalecerlas. La idea de la luna en la isla de Matsushima llenaba todas mis horas. Cedí mi cabaña y me fui a la casa de Sampu, para esperar ahí el día de la salida. En uno de los pilares de mi choza colgué un poema de ocho estrofas. La primera decía así:

Otros ahora

en mi choza - mañana

casa de muñecas.

(Bashoo, M. 1992 p. 59)

Ahora la despedida:

Se va la primavera,

quejas de pájaros, lágrimas

en los ojos de los peces.

En este poema se puede ver que, no solo la primavera parte, el poeta se aleja con ella, las quejas y las lágrimas también son las de los amigos, de modo que “la poesía como una voz más en el concierto del mundo. El paisaje, la naturaleza, como una llamada a la intimidad.” (Rodríguez, I. 1972 p. 128) Tal vez la naturaleza con su canto cotidiano y los peces en su medio, son reflejo del sentimiento que percibe el poeta, el mundo lo despide y él refiere su sentimiento: “Mientras veía el camino que acaso iba a separarnos para siempre en esta existencia irreal, lloré lagrimas de adiós.”(Bashoo, M. 1992 p.61)

Después de la despedida, lo único que se ofrece a la vista es el porvenir del camino, el cansancio se apodera del hombre, la vista y el ensueño no se desgastan.

En su peregrinaje, Bashoo reúne el antiguo amor por el viaje con el viaje de las palabras en un instante: el haiku. Bashoo no alterna la lectura/escritura de poesía con la contemplación de la naturaleza. Para el japonés, la poesía es la naturaleza (es una forma de la naturaleza) y la naturaleza es la poesía. Ambas se funden en el instante de la observación flechada por el lenguaje. El haiku es la concentración milimétrica en las palabras de la mirada y de lo que se ve. El haiku resulta de la síntesis, en el espacio y en el tiempo, del ojo del poeta y del objeto (Soberón, F .2004, 16 de Febrero)

En alguna estación el poeta es perturbado por la cotidianidad del lugar, el poeta es quien se sorprende, solo él puede ver lo que los demás apenas notan: “En verdad, desasosegado por viaje tan largo y el cuerpo tan cansado como el espíritu; además, la riqueza del paisaje y tanto recuerdos del pasado me turbaron e impidieron la paz necesaria a la concentración. Y no obstante” (Bashoo, M. 1992)

Al plantar el arroz

cantan: primer encuentro

con la poesía.

Bashoo

¿Qué pretende el poeta cuando expresa su experiencia? Paz contesta:

“La poesía, ha dicho Rimbaud, quiere cambiar la vida. No piensa embellecerla como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los moralistas. Mediante la palabra, mediante la expresión de su experiencia, procura hacer sagrado al mundo; con la palabra consagra la experiencia de los hombres y las relaciones entre el hombre y el mundo, entre el hombre y la mujer, entre el hombre y su propia conciencia. No pretende hermosear, santificar o idealizar lo que toca, sino volverlo sagrado. Por eso no es moral o inmoral; justa o injusta; falsa o verdadera, hermosa o fea. Es simplemente poesía de soledad o de comunión. Porque la poesía que es un testimonio del éxtasis, del amor dichoso, también lo es de la desesperación. Y tanto como un ruego puede ser una blasfemia”. (Hernández, P. 2002, 12 de mayo)

Octavio Paz menciona, que el poeta consagra con la palabra la experiencia de los hombres, y Bashoo lo logra llevando el éxtasis del encuentro a la palabra, ésta ahora es sagrada, lo que ha descubierto el poeta no es la cotidianidad del canto y el trabajo, lo que el poeta percibe, es el encanto del viento que acerca la voz, es el ramaje que ondea en danza frente a ese canto, es el instante en donde la experiencia penetra lo sensible e ilumina la visión del poeta, el poeta convierte el mundo en algo completamente inocente y sagrado.

El viaje del peregrino poeta se convierte en una constante aparición de imágenes, el camino tropieza con ríos, montes, santuarios, pueblos y personas, la palabra se convierte en constante compañera, el poema en este instante, es recuerdo y es motivo para continuar a pesar de que las fuerzas comienzan a flaquear. “Con un viaje aún largo en perspectiva, mi estado me desasosegaba aunque al andar de peregrino por lugares perdidos, me decía, es como haber dejado ya el mundo y resignarse a su impermanencia: si muero en el camino, será por voluntad del cielo.”(Bashoo, M. 1992 p.95)

Muévete, tumba

Oye en mis quejas

El viento de otoño.

Bashoo

El desenlace se encuentra simbolizado por la muerte, pero la muerte todavía no pretende acabar con el camino, con el recorrido, es cierto que el poeta se consume por el cansancio, es tiempo de descansar, el momentáneo fin no es más que un momento de regocijo frente a lo vivido, es una más de las estaciones.

El poeta ha viajado para llegar a Oku. Pero al leer su diario, advertimos que Oku es menos un destino que un pretexto. Bashoo cumple la utopía del poeta: el viaje o la página auspician el encuentro con la poesía. (Soberón, F .2004, 16 de Febrero)

Ahora solo queda el reencuentro, la estación ofrece rostros conocidos, el recibimiento sorprende a sus amigos y de esta forma: “Su regocijo al verme era como el de aquellos que se encuentran en presencia de un resucitado.”(Bashoo, M. 1992 p.197) En este encuentro con los amigos, ellos ven en el poeta el rostro de la resurrección, el camino a construido una nueva vida, la experiencia convierte al poeta en otro, y ese otro con nuevos recuerdos y vivencias no es más que, el que es capaz de ofrecer en su poesía un modo distinto de ver el mundo que acaba de pasar por debajo de su paso. Aunque el camino hasta ahora se está visualizando, el compromiso con la creación y con la vida es el de continuar, el poema es un continuo transitar, y ahora el poeta de nuevo se despide.

El poeta Matsuo Bashoo

Matsuo Bashoo seudónimo de Matsuo Munefusa nació en Ueno, provincia de Iga, muy cerca de Kioto, en 1644; fue hijo de un samurái que estaba al servicio de una prestigiosa familia de la región, y como era la tradición también estuvo al servicio de la familia, como el compañero del joven heredero, con el cual aprendió la escritura.

Después que se le es permitido retirarse de sus obligaciones con la familia, se aísla en Edo, ahora conocida como la ciudad de Tokio, donde se comprometió con la escritura y del acercamiento al budismo Zen, poco a poco se fue convirtiendo en un ermitaño dedicado al estudio y la contemplación, gracias a esto el poeta comienza a buscar en su poesía una mayor trascendencia, y es por ese motivo que el haiku obtuvo prestigio en las manos de Basho, ya que comprendió que la poesía es comunión con la vida, por medio de la intuición de la naturaleza, que lo soborna con su esplendor y belleza, y es solo en la experiencia donde el poema se convierte en expresión. Para llegar a la expresión el poeta:

Camina bajo la solitaria luz crepuscular. Las ásperas sandalias le astillan los pies. No lo salva ni del sol ni de la lluvia su atuendo escaso. La daga del aire le penetra los huesos y el cielo es un manto lejano y austero.(Soberón, F .2004, 16 de Febrero)

De acá en adelante el poeta es un peregrino, es un caminante con la palabra a cuestas, y comienza a convertirse en el maestro que será recordado, ya que en sus viajes y descansos conoce a muchos que quieren seguir sus enseñanzas, de este modo el maestro es creado por el discípulo, la necesidad de aprender nace del que quiere escuchar.

En atuendo de viajante,

una gruya en las lluvias tardías de otoño:

el venerable maestro Bashoo.

Chora

Este haiku representa la veneración y respeto que los discípulos del poeta le tenían, muestra al maestro vistiendo de viajante, el eterno viajero, importante es también la imagen de la grulla que en el Japón representa longevidad y vida prospera, de este modo se le rinde homenaje y también se le ofrecen los mejores deseos, también el respeto que se le brindaba al poeta se aprecia claramente, inclusive se reconoce como maestro, no solo como la persona que puede ofrecer un conocimiento, sino como la persona que ha alcanzado un nivel de satori o iluminación superior, y es en esta iluminación donde el poeta obtiene su inspiración. Frente a esto último hay que recordar que en la cultura oriental, la religión, la filosofía y el arte no son formas separadas sino que componen una unidad, el poeta lo entendía de esta manera, él podía encontrar al buda en la naturaleza, y descubrir en su interior el Zen de las cosas, en este sentido recuerda el poeta: “Los pensamientos que existen en mi corazón sobre la belleza de las cosas que vienen con cada estación son como canciones interminables, tan numerosas como los granos de arena de una playa. Los que expresan tales sentimientos con compasión son los sabios de las palabras.” (Citado en Rodríguez, I. 1972 p. 77) Estos sabios tal vez son los que son sensibles respecto al espectáculo de la naturaleza, y tienen la capacidad de transformar los pensamientos en palabras que preexisten en el corazón del poeta. El poeta Bashoo muere en 1694, después de una vida de peregrinación por el Japón, disminuida su salud, muere rodeado de discípulos y amigos.

Habiendo enfermado en el camino,

mis sueños

merodean por paramos yermos.

Bashoo

Con este poema Bashoo se despide, como en la mayoría de sus versos, renuncia a la vida pero no a la poesía, el poeta se refiere a la estación última que se hace en el camino, estación de descanso y melancolía, recuerdos de una vida de pasos y de huella, ya no queda más que sueños para la palabra, esos sueños que como su espíritu merodean por las áridas sendas de las vidas que lo acompañaron, para ser iluminadas por sus versos. “Nadie sabe que un hombre, hacia el final de sus días, recorre, en la intemperie de la tarde, el paso de Shirakawa. Nadie sabe que en el rojo horizonte del Oriente encuentra la milagrosa eternidad”. (Soberón, F .2004, 16 de Febrero)

Bibliografía

-Bashoo, Matsuo. (1992). Sendas de Oku; texto japonés caligrafiado e ilustrado por Yosa Buson; versión castellana de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya. Pontificia Universidad Católica del Peru. Lima.

-Hernández, Prócoro. (2002, 12 de Mayo). Revista inter-forum, Para qué sirve la poesía: El concepto de poesía en Octavio Paz, extraído en septiembre 5 de 2009 en:http://www.revistainterforum.com/espanol/articulos/051202artliter.html

-Izquierdo, Rodríguez F. (1972). El Haiku Japonés, historia y traducción, Evolución y triunfo del haikai, breve poema sensitivo. Publicaciones de la fundación Juan March, Guadarrama. Madrid.

- Soberón, Fabián (2004, 16 de Febrero). Bosque de bambú, camino del haiku. Tomado de Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid, extraído en junio 18 de 2009 en: http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/basho.html

Rolando Franco es Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas de la ciudad de Bogotá, Diplomado en Cultura Y Literatura del Instituto Caro y Cuervo además de Coordinador general de la revista Cultural y Literaria Gavia de la U.D. El presente artículo hace parte de su trabajo de grado desarrollado en didáctica de la literatura, como forma de relacionar la poesía de Oriente y la didáctica.


Libro de Matsuo Bashoo

http://isaiasgarde.myfil.es/get_file?path=/basho-matsuo-senda-de-oku.pdf


Continuidad de los parques




Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles.

Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte.

Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


Cortazar, Julio. - Continuidad de lo Parques - Final del Juego. Edit. Sudamericana Bs. As. 1969. Argentina.



Julio Cortázar (1914-1984), escritor argentino que fue un renovador del género narrativo, especialmente del cuento breve, tanto en la estructura como en el uso del lenguaje. Aunque nació en Bruselas, vivió en París la mayor parte de su vida —ciudad en la que murió— y en 1981 se nacionalizó francés, como protesta ante la toma del poder de las diferentes juntas militares en Argentina, es un autor argentino plenamente integrado en la literatura hispanoamericana.

Vida:

Nació en Bruselas, pero sus padres se trasladaron pronto a Buenos Aires. Estudió en la Escuela Normal de Profesores y fue profesor de Lengua y Literatura francesa en varios institutos de la provincia de Buenos Aires, y más tarde en la Universidad de Cuyo. En 1951 consiguió una beca para realizar estudios en París y ya en esta ciudad pasó a ser traductor de la UNESCO, trabajo que desempeñó hasta su jubilación. Un rasgo importante de su vida es que a raíz de un viaje que realizó a Cuba, invitado por Fidel Castro, se convirtió en gran defensor y divulgador de la causa revolucionaria cubana, como años más tarde haría con la Nicaragua sandinista. Mantuvo, a lo largo de su vida, un compromiso político activo, sobre todo en defensa de los derechos humanos. Formó parte del Tribunal Russell II que, en 1973, juzgó en Roma los crímenes llevados a cabo por las dictaduras latinoamericanas. Resultado de esta actividad fue su libro Dossier Chile: el libro negro.

Viajero impenitente e intelectual abierto, fue uno de los protagonistas del boom de la literatura latinoamericana. Estos escritores consiguieron, a través de sus encuentros literarios y conferencias en diversos foros tanto de Estados Unidos como de Europa, sus relaciones con editoriales, sus colaboraciones con la prensa europea, un reconocimiento internacional para su obra, que, sin renunciar a sus raíces culturales, se universalizó tanto en temas como en estilos. Así, lo que empezó siendo un lanzamiento editorial de una nueva narrativa se convirtió en una presencia renovadora constante de la literatura, debido, por supuesto, a la calidad de las obras.

Obra:

Gran parte de su obra constituye un retrato, en clave surrealista, del mundo exterior, al que considera como un laberinto fantasmal del que el ser humano ha de intentar escapar. Una de sus primeras obras, Los reyes (1949), es un poema en prosa centrado en la leyenda del Minotauro. El tema del laberinto reaparece en Los premios (1960), una novela que gira alrededor del crucero que gana un grupo de jugadores en un sorteo, y que se va convirtiendo a lo largo del relato en una auténtica pesadilla.

El Cortázar de los cuentos ha creado escuela por sus propuestas sorprendentes, su aprovechamiento de los recursos del lenguaje coloquial y sus atmósferas fantásticas e inquietantes que pueden emparentarse con las de los relatos de su compatriota Jorge Luis Borges. El ritmo del lenguaje recuerda constantemente la oralidad y, por lo tanto, el origen del cuento: leídos en voz alta cobran otro significado. Lo curioso de estos relatos es que el lector siempre queda atrapado, a pesar de la alteración de la sintaxis, de la disolución de la realidad, de lo insólito, del humor o del misterio, y reconstruye o interioriza la historia como algo verosímil.

Entre las colecciones de cuentos más conocidas se encuentran Bestiario (1951), Las armas secretas (1959), uno de cuyos relatos, "El perseguidor", se ha convertido en un referente obligado de su obra; Todos los fuegos el fuego (1966); Octaedro (1974), y Queremos tanto a Glenda (1981). Entre el relato y el ensayo imaginativo de difícil clasificación se encuentran Historias de cronopios y de famas (1962), breves narraciones que insisten desde el humor en la necesidad imperiosa de "ablandar un poco el ladrillo todos los días", es decir, romper la dureza del lugar común, abrir resquicios hacia un mundo, el de lo fantástico, que las convenciones ocultan o se resisten a admitir; La vuelta al día en ochenta mundos (1967) o Último round (1969), estos últimos concebidos como libros de miscelánea, en los que se entrecruzan poemas, cuentos, recortes periodísticos, citas, textos recogidos de la calle, como es el caso de las pintadas del mayo francés comentadas en Último round. También escribió algunos poemarios como Presencia (1938), Pameos y meopas (1971) o Salvo el crepúsculo (póstumo, 1985).

Siguiendo la tradición inaugurada por Edgar Allan Poe, Cortázar ha escrito breves ensayos, como Algunos aspectos del cuento, en el que establece las diferencias entre novela, que implica varios acontecimientos en sucesión, y cuento, un acontecimiento principal que sirve de núcleo alrededor del cual se articulan las acciones del personaje y todos aquellos elementos significativos que, como la metáfora, el símbolo o las referencias a determinados objetos o situaciones, anuncian al mismo tiempo que, creando pistas inciertas o ambiguas (origen de la tensión del relato o intriga), ocultan el desenlace. Aplicando la terminología del boxeo, Cortázar dice que la novela gana por puntos y el cuento por knock-out. Insiste en la necesidad de condensación y en que no hay temas importantes y temas insignificantes: cualquier tema, aun el más trivial (y para demostrarlo cita los cuentos de Chéjov), puede volverse significativo gracias a un buen tratamiento literario. Ejemplo de ello es el cuento "Continuidad de los parques", en el que un hombre está leyendo una novela que narra cómo conspiran una mujer y su amante para matar al marido, que resulta ser el señor que lee la novela. Además de la constante de la mezcla de realidad y ficción, aparece aquí la figura del lector que, a su vez, es personaje del texto que lee. La llamada mise-en-abîme (la narración que contiene a su vez otra narración) es uno de los recursos tradicionales que Cortázar enriquece con su perspectiva más contemporánea.